IDUS DE MARZO Las grandezas teme, oh alma. Y si vencer tus ambiciones no puedes, con cautela y reservas síguelas. Y cuanto más adelante vayas, sé más observador, más cuidadoso. Y cuando a tu apogeo llegues, César ya; cuando tomes figura de hombre famoso, entonces cuida especialmente al salir a la calle, dominador insigne de séquito acompañado, si acierta a acercarse, desde la multitud algún Artemidoro, que lleva una carta, y dice apresurado "Lee esto inmediatamente, son cosas importantes que te interesan", no dejes de detenerte; no dejes de postergar cualquier conversación o tarea; no dejes de apartar a las variadas personas que te saludan y se prosternan ante ti (las puedes ver más tarde); que espere incluso el Senado mismo, y conoce al instante los graves escritos de Artemidoro.
Por cada hora que ahora me concedas, te entregaré, Dios usurero del Amor, a ti, veinte, cuando a mis cabellos negros los grises sean iguales. Hasta entonces, Amor, deja que mi cuerpo reine, y deja que viaje, me quede, aproveche, intrigue, posea, olvide; la del año anterior retorne, y piense que aún no nos conocíamos.
Deja que imagine mía la misiva de cualquier rival, y nueve horas después cumpla la promesa de la media noche. En el camino tome a doncella por señora, y a ésta le hable del retraso. Deja que a ninguna ame, ni a la diversión siquiera. Desde la hierba del campo hasta las confituras de la Corte o fruslería de la urbe, deja que informes a mi mente la transporten.
Esta oferta es buena. Si, cuando viejo, por ti soy inflamado; si tu honor, mi pudor o mi dolor codicias, más a esa edad podrás ganar. Haz tu voluntad entonces; entonces objeto y grado, y frutos del amor. Amor, a ti someto. Déjame hasta entonces. Lo acataré, aunque se trate de una que me ame.